no tenía miedo a morir. Tenía miedo de quedarse sólo para siempre, después de ese momento.
Un río que vive dentro de mí; un lugar sin oscuridad ni ventanas que la detengan
viernes, octubre 22, 2010
Las mujeres que amamos
no tenía miedo a morir. Tenía miedo de quedarse sólo para siempre, después de ese momento.
jueves, febrero 04, 2010
La oración del último mercenario
Yo vi nacer la muerte de mi mano
Mi espada jugaba con el final de los hombres
Donde las lágrimas sangrientas
Abatían el silencio
Comprendió que sus sueños se coagularon con el pasar de los años, junto con sus manos, manos incapaces de cuidarlos, manos marchitas dentro de ellos.
El sol se alzaba en una lejanía fría y pálida a través nubes inválidas, no era extraño a sus ojos, como no lo fue la primera vez que vio el cielo palidecer de miedo.
A sus espaldas las sombras de sus enemigos se disolvían entre la niebla que se formaba a su alrededor, abatidas por su boca que besaba el filo del acero.
Sabía que nació con un corazón que no pertenecía a este mundo.
Miraba con odio al horizonte, no sabía ver el horizonte de otra forma, no sabía que en otra parte del mundo le esperan con un nudo en la garganta. La sangre fresca emanaba de las heridas frescas de algunos cadáveres, sangre que poco a poco llegaron a cubrir el suelo donde estaban los pies del mercenario.
El sonido de la lejanía lo abrazaba, su exilio le reclamaba hasta aquel lugar donde los hombres no sonríen ni miran de otra forma el horizonte.
Una voz aguda se rompió en un llanto borroso, este grito le despertó de sus oraciones cuando el sol se había doblegado ante la fragilidad adormecida de la noche. Encontró a esa voz entre la basura y la ira, ira muerta a balas y a puñaladas. Era la voz a una niña desnutrida y moribunda que parecía familiarizada con la muerte y con el hedor de la carne quemada.
El cuerpo de la niña estaba corrupto por la enfermedad y las quemaduras, que habían abrazado su cuerpo devorando completamente el brazo derecho. Sólo quedaba un leve recuerdo de infancia y vida brillando en sus ojos.
Los roncos movimientos y atroces sonidos estancados en su garganta le pedían morir. El mercenario, comenzó nuevamente a rezar:
Yo vi nacer la muerte de mi mano
Mi espada jugaba con el final de los hombres
Donde las lágrimas sangrientas
Abatían el silencio…
Y mientras la niña lloraba, el cuchillo del mercenario sintió un tibio rincón en la profundidad desesperada de carne, calor que sólo se apagó cuando atravesó su corazón hinchado de lágrimas.
Un suave y débil quejido termino por quebrar completamente su vida.
De mi mano bebieron el vino
Pero nadie vio cuando sobre mi espalda
Cabalgaba la muerte
Las voces del tiempo me reclaman
Cuando dios me vea…
Por un momento se vio a si mismo brillar sobre la frente de la niña; su rostro había envejecido, la mirada de padre, de hijo, de hermano, incluso la mirada de ser humano se había desvanecido y en su lugar las arrugas , dejando allí sólo una piedra púrpura que estaba sobre la frente de la niña.
Antes de cerrarle los ojos, vio en ellos a otro hombre, que había jugado a la muerte, mucho antes de que el naciera.
Dejó el cuerpo de la niña tirado sobre el polvo y continuó:
Me dirá que mi hora se acerca
Me dirá que no le pertenezco
Yo besaré el suelo
Y le pediré que los deje dormir para siempre
Donde los ríos brillan en silencio.
Comenzó a llover y llovió el odio del mundo sobre un mercenario, que llevaba una piedra púrpura en la mano.
- Amor –dijo, cuando los ríos brillaban en silencio - suena como tumbas vacías. Yo veo nacer la muerte de mi mano, en una verdad sangrienta.
Sintió como comenzaba a caer sin detenerse, sintió como su rostro daba vueltas por el suelo; pero no pudo sentir cuando el sol jugaba con sus ojos antes de perderlos.
Esa era la única manera de así sentir por primera vez, cómo la muerte nacía en su cuerpo.